Alguna vez te traicionaron, te jugaron
sucio bien sea en el matrimonio, noviazgo o aun en el trabajo o ministerio. ¿Te
esta doliendo la herida? ¿Quieres perdonar y no puedes? ¿Estás tentado de
empezar a pagar con la misma moneda?
Lo mas seguro es que llegues a pensar que
fuiste un tonto o una tonta, y que eso no te lo vuelven a hacer nunca más.
Nuestra primera opción es mantener la
distancia, queremos sentirnos protegidos y asegurarnos que no volverá a
lastimarnos. Es la natural.
Nuestra segunda opción es pagar los
platos rotos con personas que no tienen nada que ver con el asunto. Empezamos a
contaminar a otros. Es la carnal.
Nuestra tercera opción es perdonar y
entregar esa herida a Dios. El es el único que puede sanar, restaurar y renovar
nuestras convicciones y nuestra actitud de servicio y compromiso con los demás.
El perdonar no es una opción, es la
llave para liberar y sanar tu Corazon, para poder experimentar libertad en las
relaciones y en la vida. Es un proceso
que podría tomar un tiempo donde se busca reestablecer la confianza y para
hacerlo se requiere compromiso de cambios y responsabilidad.
Cuenta una leyenda india que un hombre
transportaba agua todos los días a su aldea usando dos grandes vasijas, sujetas
en las extremidades de un pedazo de madera que colocaba atravesado sobre sus
espaldas.
Una de las vasijas era más vieja que
la otra, y tenía pequeñas rajaduras; cada vez que el hombre recorría el camino
hasta su casa, la mitad del agua se perdía.
Durante dos años el hombre hizo el
mismo trayecto. La vasija más joven estaba siempre muy orgullosa de su
desempeño, y tenía la seguridad de que estaba a la altura de la misión para la
cual había sido creada, mientras que la otra se moría de vergüenza por cumplir
apenas la mitad de su tarea, aún sabiendo que aquellas rajaduras eran el fruto
de mucho tiempo de trabajo.
Estaba tan avergonzada que un día,
mientras el hombre se preparaba para sacar agua del pozo, decidió hablar con
él:
– Quiero pedirte disculpas ya que,
debido a mi largo uso, sólo consigues entregar la mitad de mi carga, y saciar
la mitad de la sed que espera en tu casa.
El hombre sonrió y le dijo:
– Cuando regresemos, por favor observa
cuidadosamente el camino.
Así lo hizo. Y la vasija notó que, por
el lado donde ella iba, crecían muchas flores y plantas.
-¿Ves cómo la naturaleza es más bella
en el lado que tú recorres? comentó el hombre. – Siempre supe que tú tenías
rajaduras, y resolví aprovechar este hecho. Sembré hortalizas, flores y
legumbres, y tú las has regado siempre. Ya recogí muchas rosas para adornar mi
casa, alimenté a mis hijos con lechuga, col y cebollas. Si tú no fueras como
eres, ¿cómo podría haberlo hecho?
Esta vasija tenía una cualidad que a
la vista no era positiva ni agradable, era una herida, sin embargo produjo
buenos resultados porque se mantuvo en la humildad y el perdón. Tú puedes
lograrlo.


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